El cierre de Megaupload y la detención de su excéntrico fundador ha sido un duro golpe para la piratería en Internet, pero difícilmente se va a poner freno a las descargas ilegales de música y cine si no se encuentra alguna fórmula que salvaguarde los derechos de autor y que, al mismo tiempo, sea atractiva para los internautas y les motive a apostar por la copia legal y no por la pirata.

La Unión Europea plantea un sistema que serviría para retribuir a los autores y que no sería demasiado lesivo para los usuarios.

Se trata de establecer una tarifa plana para el intercambio legal de productos culturales y audiovisuales en Internet. Por 6 euros al mes, los internautas tendrían derecho al intercambio legal de obras protegidas por derechos de autor.

El dinero sería recaudado por el proveedor de servicios y remitido a una entidad de gestión, que sería la encargada de distribuir los fondos entre los autores. Este sistema –promovido por Reino Unido– exigiría aplicar algunas limitaciones a la capacidad de los sistemas de almacenamiento y a la cantidad de archivos compartidos.

El objetivo es poner fin a una situación que cada vez es más escandalosa y que amenaza con acabar con uno de los bienes más preciados y escasos: el talento. España es el país con más piratería de Europa y uno de los diez mayores del mundo. Tan sólo 2 de cada 100 canciones que se escuchan son legales, el cine y los videojuegos sufren una tasa de piratería superior al 70%, y ya casi la mitad de los libros consumidos son piratas.

Y lo más grave es que está socialmente aceptado vulnerar impunemente la propiedad intelectual. Aquí no sólo se tolera el robo de las creaciones intelectuales, sino que además se alardea de ello, lo que refleja un gran desprecio hacia las obras de los creadores.

Se roba inpunemente con argumentos tan falaces como que se trata de un intercambio de archivos, de que se hace sin ánimo de lucro, de que la cultura es de todos, de que Internet es un mundo paradisíaco de libertad y gratuidad, de que Teddy Bautista es un chorizo, de que los discos son caros, de que es difícil encontrar webs de descargas legales, de que los autores son unos chupópteros, de que las compañías de música y las majors americanas se forran... Cualquier excusa es válida para escuchar gratis el último disco de Estopa o ver una película de estreno de George Clooney.

En lugar de intercambio de archivos, yo me voy a inventar el intercambio de activos. Voy a ir a un concesionario de Porsche y voy a robar un Porsche Carrera, que como me parece caro tengo derecho a robarlo, y luego se lo dejaré a todos mis amigos, pero, eso sí, sin cobrarles nada. Para justificar el robo, puedo argumentar que Porsche gana mucho dinero, que necesito el coche para ir a trabajar, que mi única intención es socializar el lujo, que un coche da mucha libertad...

Desgraciadamente, eliminar la piratería es ya casi imposible, y la persecución policial resulta insuficiente para controlar la inmensidad de Internet. Tras el cierre de Megaupload –que era un almacén de productos robados de libre acceso–, están apareciendo otras plataformas similares y cuando se clausuren éstas, aparecerán otras y otras...

Tampoco servirán de mucho legislaciones basadas en el palo y tentetieso como la americana Sopa (Stop Online Piracy Act) o la española ley Sinde, si es que llegan a aprobarse algún día, porque los políticos son incapaces de enfrentarse a la comunidad internauta. La única forma de frenar la piratería es buscar una oferta de copias legales que sea más atractiva para los internautas que las piratas.

Se trata más de convencerles que de vencerles. Es verdad que se han dado algunos pasos y que hay fórmulas de pago por descargas que han triunfado como iTunes y Spotify en música o Netflix en películas y series de televisión, pero suponen una muy pequeña parte del consumo de productos digitales en Internet.

Netflix, por ejemplo, permite, por 10 dólares mensuales, visionar alrededor de 100.000 títulos de las majors y de las cadenas de TV americanas, una oferta muy asequible. La fórmula que propone la Unión Europea es una idea similar y permitiría normalizar una situación, como la actual, que es totalmente kafkiana.
Hay unos señores que crean obras por las que casi no cobran, y otros señores, como el extravagante Kim Schmitz, que ganan dinero dedicándose a robar sus obras a través de la copia y el pirateo.